San Antonio de Padua

Sacerdote Franciscano
Doctor de la Iglesia

Fiesta: 13 de junio

En el año 1195, según la tradición un 15 de agosto, nació en Lisboa, Portugal, Fernando de Bulloes y Taveira de Azevedo, en una familia noble que quería verlo crecer cómo un gran y distinguido hombre en la sociedad, contrayendo matrimonio con una doncella del mismo nivel social. Su padre también quería que se ofreciera en servicio militar del rey para ir a la guerra a luchar por la corona. Se educó en la escuela de la Catedral de Lisboa. En contra de los deseos de su familia, Fernando tenía 15 años cuando ingresó en la abadía de la Orden de San Agustín, en honor de San Vicente en las afueras de la ciudad. Los monjes de la Orden eran famosos por su dedicación a los estudios. Allí estudió las Sagradas Escrituras y teología teniendo profesores de gran nivel y fama. Cuenta la tradición que estaba enamorado de una doncella de su clase social a quien renunció dejando todo para dedicar su vida a Dios.

Él quiso ser sacerdote, abandonando y renunciando a las espléndidas posibilidades sociales que le brindaba la vida y posición de su familia en Portugal. Se preparó para el sacerdocio en Coimbra (Portugal), en el Monasterio de Santa Cruz. Fue ordenado a sus 24 años, dirigido hacia la carrera de teólogo y filósofo. Pero él deseaba una vida religiosa más estricta.

La Orden Franciscana

Cuando los franciscanos frailes menores hermanos de Francisco visitaron Coimbra para predicar, Fernando escuchó hablar de ellos y quedó admirado al conocerlos. Sin embargo, quedó muy impactado cuando descubrió el fin de los frailes -luego llamados los “protomártires franciscanos”- que fueron los primeros de la orden en derramar su sangre por la predicación del Evangelio. Cuando sus cuerpos destrozados fueron llevados a la iglesia de Santa Cruz de Coimbra, el padre Fernando decidió dejar a los agustinos e ingresar en la orden franciscana, con la aprobación del prior agustino y del ministro provincial de España. Tomó el nombre de fray Antonio, en honor de San Antonio Abad, monje ermitaño, titular de la ermita de Santo Antonio de Olivares, donde vivían los franciscanos.

Así decide seguir las huellas de Francisco de Asís convirtiéndose en fray Antonio y sintiendo una llamada fuerte a la misión evangelizadora. Con ese fuego encendido en su corazón parte inmediatamente hacia Marruecos, pero se contagia de una enfermedad que se cree que fue malaria. Allí debió quedarse en reposo forzado, pero al tiempo no tuvo otra opción que intentar volver a Lisboa. Sin embargo, una tormenta llevó al barco en que viajaba hasta las costas de Sicilia, Italia, donde Dios quería que inicie su camino verdadero. Antonio se cura de su enfermedad, y en 1221 sube la península itálica y llega a Asís, donde Francisco había convocado a todos sus hermanos para llevar adelante un capítulo general. Es la ocasión que aprovecha para conocerlo en persona. En un encuentro sencillo, Antonio fortalece su elección de seguir a Cristo en la fraternidad y “pequeñez” franciscana, y es enviado a Romaña, al retiro de Montepaolo. Aquí se dedica ante todo a la oración, la meditación, la penitencia y trabajos humildes.

Predicador

Su fuego y talento como predicador se manifestó por primera vez en Forli en 1222. Pronto todos comenzaron a hablar de la calidad de su prédica en los sermones. Se dice que: “su lengua, movida por el Espíritu Santo, se puso a razonar sobre muchos argumentos, con determinación y claridad, iluminando a quienes lo escuchaban”. Desde ese momento Antonio comenzó a recorrer el norte de Italia y el sur de Francia, predicando el Evangelio a muchos, especialmente a pueblos confundidos por las herejías del tiempo. Lo hacía con palabras de corrección contra la decadencia moral de algunos exponentes de la Iglesia. Un año después, en Bolonia, fue maestro de teología para los frailes en formación y es el propio Francisco quien le hizo este pedido en una carta que lo autoriza y le aconseja que no descuide la oración. En 1225 mientras Antonio predica en el capítulo general en Arlés, en el sur de Francia, se aparece San Francisco estigmatizado a varios frailes. Este episodio de bilocación del Santo de Asís fue muy famoso y recordado entre los franciscanos, porque él se apareció flotando en el aire y con sus brazos en cruz mostrando los estigmas de Jesús, en un signo claro de apoyo a Antonio como el gran predicador de la orden franciscana.

Padua

Por todos los dones que en él resplandecen, puestos al servicio del Reino de Dios e iluminando a muchos, a sus 32 años fue nombrado superior de la comunidad franciscana del norte de Italia. Así felizmente comienza con sus visitas a los numerosos conventos bajo su jurisdicción y funda varios nuevos, mientras sigue predicando con el poder de la Palabra de Dios y encendiendo con el fuego del Espíritu Santo a grandes multitudes. Pasa muchas horas dedicadas a dar el sacramento de la confesión para innumerables almas que abrazan la fe y quieren seguir el camino de la Verdad. También se cuida en tener sus momentos para retirarse en soledad para orar en intimidad con El Señor.

Antonio permaneció en Padua, en la pequeña comunidad franciscana de la Iglesia de Santa María Mater Domini, y a pesar de tener que ausentarse en algunos períodos cortos, tiene con la ciudad un fuerte lazo fraterno, trabajando y ayudando a los pobres y contra las injusticias.

Es en esta ciudad donde comienza a escribir un tratado para formar a los hermanos en la predicación del Evangelio y en la enseñanza de los sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía.

En el año 1231 Antonio manifiesta problemas de salud y se lo ve bastante débil por las fatigas, decidiendo retirarse por un tiempo para recuperarse. Con otros hermanos participa de un retiro y meditación, en Camposampiero, cerca de Padua. Construye un pequeño refugio sobre un gran nogal para pasar las jornadas en contemplación y hablando con la gente sencilla del lugar, volviendo al retiro al anochecer.

Aquí tiene la aparición del Niño Jesús, donde él lo carga en sus brazos con inmenso amor y ternura, y por ello siempre se lo representa con el Divino Niño en brazos. Este gesto refleja su entrega total a Dios con pureza y humildad de corazón.

El 13 de junio de ese año empeora su enfermedad y recibe el entendimiento del Espíritu Santo que le revela que su hora ha llegado, y entonces pide que lo lleven a morir a Padua. Lo llevaron en un carro de bueyes, pero llegando a La Cella -una pequeña aldea cerca de la ciudad- expira diciendo: “veo a mi Señor”. Así Antonio muere a sus 36 años en las puertas de Padua, casi llegando al pequeño convento de los frailes situado allí, junto al monasterio de las clarisas.

Fue proclamado santo el 30 de mayo de 1232 (11 meses después de su muerte) por el papa Gregorio IX, siendo la canonización más pronta en la historia de la Iglesia.

San Antonio de Padua fue nombrado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío XII en 1946.

Se lo conoce como “Doctor Evangélico” por la riqueza de su enseñanza espiritual.

Milagros

La predicación a los peces

Fue en Rímini, Italia, ciudad que se encontraba bajo el control y dominio de grupos heréticos que predicaban el error y la división de la iglesia. Cuando llegó fray Antonio, el misionero franciscano, los jefes de estos grupos lo encerraron en un muro de silencio, aislándolo de la gente. Antonio no encuentra a quién hablar y predicar la Palabra de Dios. Las iglesias están vacías. Sale a la plaza, pero nadie presta atención a sus palabras, lo ignoran. Caminando pensativo y orante llega al mar, se asoma a las olas y comienza a decir:

“Dado que ustedes se muestran indignos e ignoran la Palabra de Dios, entonces aquí me dirijo a los peces, para que se vea con claridad la incredulidad de ustedes”.

A la vista de todos los presentes, los peces aparecen por centenares, saltan en el mar ordenados y palpitantes obedeciendo al pedido de Antonio para escuchar la palabra de exhortación y alabanza proclamada por él.

La comida envenenada

Los herejes del pueblo, movidos por el odio y envidia que tenían hacia san Antonio porque él denunciaba sus injusticias contra el pueblo, pensaron en matarlo envenenándolo. Planearon invitarlo a comer fingiendo querer discutir con él sobre algunos puntos del catecismo. El fraile, que no quiso perder la ocasión para hacer un bien, aceptó la invitación imitando a Jesús en el Evangelio cuando visitaba a los fariseos que no lo querían. Le sirvieron un plato con comida envenenada.

Fray Antonio, inspirado por Dios, se dio cuenta y los regañó diciendo: “¿Por qué hicieron esto?”. “Para ver –contestaron– si son verdaderas las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles: “Beberán veneno y no les hará ningún mal”.

Fray Antonio se recogió en oración y dijo que lo hacía no por tentar a Dios sino para la conversión y salvación de sus almas. Trazó la señal de la cruz sobre la comida bendiciendola y luego serenamente comió, sin que le sucediera absolutamente nada. Los herejes confundidos y arrepentidos le pidieron perdón, convirtiéndose a la fe verdadera.

La mula y la Eucaristía

Un hereje llamado Bonvillo desafió a San Antonio, negando que Jesús estuviera realmente presente en la hostia consagrada. Para zanjar el debate, acordaron una prueba pública: frente a un montón de avena colocaron una mula hambrienta que llevaba tres días sin comer y en el otro extremo de la plaza estaba Antonio con El Santísimo Sacramento en una custodia. Si la mula ignoraba la comida y se dirigía a la Hostia Consagrada, Bonvillo prometió convertirse a la fe cristiana. La mula, ante el asombro de todos, ignoró la comida y se arrodilló reverentemente ante la custodia con la Eucaristía, adorándola. Bonvillo, profundamente conmovido, se convirtió al instante y abrazó la fe católica. El milagro causó gran impacto en la ciudad, fortaleciendo la fe de los creyentes y atrayendo a muchos a la conversión.

Este fue un gran milagro Eucarístico -de los muchos que El Señor nos regaló en los últimos siglos- a través del cual Dios nos recuerda la Presencia real de Jesús Vivo en la Santísima Eucaristía, Presencia que toda la creación reverencia, adora y honra, para que nosotros también nos unamos en alabanza y adoración.

La visión del Niño Jesús

Poco antes de morir, Antonio se retiró en oración a Camposampiero, cerca de Padua, en el lugar que el conde Tiso había dado a los franciscanos junto a su castillo. Caminando por el bosque Antonio ve un hermoso y grande nogal, y le surge la idea de construir entre las ramas del bello árbol, una pequeña celda. El conde Tiso le da los medios y se la prepara. Allí el santo pasa, en aquel refugio, largas jornadas de oración.

Una noche, el conde se dirige a la pequeña habitación del fraile amigo, cuando por la puerta entreabierta ve salir un intenso resplandor. Temiendo un incendio, empuja la puerta y queda inmóvil ante la escena celestial: Antonio estrecha entre sus brazos al Niño Jesús. Cuando se recobra del éxtasis y ve a Tiso conmovido, el Santo le ruega que no hable con nadie sobre la sobrenatural aparición. Solamente después de la muerte del santo el conde narró lo que había visto.

Su lengua incorrupta

San Antonio fue enterrado en Padua, en la iglesia de Santa María Mater Domini, el martes 17 de junio de 1231. Probablemente el cuerpo no fue enterrado sino puesto un poco elevado en una urna de mármol, de manera que los devotos, siempre más frecuentes y numerosos, pudieran ver y tocar el arca-tumba. El 8 de abril de 1263 el cuerpo fue trasladado a la Basílica terminada que había sido construida en su honor. Buenaventura de Bagnoregio, entonces ministro general de los franciscanos (luego él también santo), presidió la ceremonia.

Al examinar los restos mortales, y antes de colocarlos en una nueva caja de madera, observaron que la lengua del Santo permanecía incorrupta. Ante este gran descubrimiento, san Buenaventura exclamó: “Oh lengua bendita, que siempre has bendecido al Señor y has hecho que otros lo bendigan, ahora queda manifiesto cuántos méritos has adquirido ante Dios”. Hasta el día de hoy la lengua de San Antonio se encuentra en la Capilla de las Reliquias o del Tesoro e la Basílica de San Antonio en Padua, en Italia, para veneración de todos los devotos peregrinos. Allí también se conserva otra reliquia de primer grado, la mandíbula del santo.

Es conocido popularmente como el santo de los objetos perdidos y el santo del amor. La tradición católica lo considera patrono de los afligidos, los pobres, los viajeros y las mujeres estériles, siendo además ampliamente invocado para encontrar pareja.