San José de Cupertino

Sacerdote Franciscano Conventual
“El Hermano Asno”

Hace mucho tiempo, en el año 1603, nació José en un pueblito de Italia llamado Cupertino. Desde muy chico, su vida estuvo llena de sencillez y de una inocencia maravillosa. Su papá, que era un carpintero muy humilde, falleció antes de que él naciera y dejó tantas deudas que los cobradores se quedaron con la casa. Por eso, su mamá no tuvo más remedio que dar a luz en un viejo establo abandonado. Casi sin darse cuenta, el pequeño José empezó su camino en este mundo de la misma forma tan humilde en la que nació nuestro Salvador, Jesús.

Cuando empezó el colegio tuvo algunas dificultades. En el pueblo iba llamando la atención y muchos hablaban de él. No le salían bien los deberes de la escuela y se olvidaba de algunos mandados que le encargaban. Se quedaba horas caminando por las calles con los ojos en el cielo y la boca abierta, mirando con amor las flores, las nubes o el canto de los pajaritos. Por eso, los vecinos, que no entendían su asombro, le decían “el boca abierta”. Pero lo que nadie sabía era que José no estaba distraído, sino que su corazón ya estaba conversando en silencio con Dios alabando y adorando su hermosa creación. También intentó aprender el oficio de zapatero, pero no pudo concretarlo porque entre sus pensamientos celestiales se le terminaban rompiendo los materiales por su falta de atención.

En su adolescencia, ya enamorado de Dios, José sintió el deseo de ser fraile y pidió ingresar en la orden franciscana, pero al principio no lo aceptaron. Sin rendirse, logró unirse a los capuchinos, aunque por un tiempo muy corto. Apenas ocho meses después lo expulsaron, porque en el convento pensaban que era demasiado torpe para la vida comunitaria. Y es que, con la mente puesta en el cielo, a José se le caían los platos al suelo de la cocina, rompía las cosas sin querer y se olvidaba por completo de algunas tareas que le mandaban.

Su mamá, muy preocupada por el futuro de su hijo, insistió con paciencia para que lo recibieran en otro convento donde tenía un familiar cercano, y finalmente logró que lo aceptaran en el de la Virgen de la Grottella. Allí, José profundizó su conversión; creció en humildad y mansedumbre, hermosos frutos de la obra del Espíritu Santo, y se volvió mucho más diligente en sus tareas cotidianas. Al ver su cambio, los frailes lo pusieron a cargo de los establos. Él cuidaba con especial ternura de un asno y se hacía llamar a sí mismo “hermano asno”. Con este apodo hacía referencia a San Francisco, el fundador de su orden, quien llamaba de la misma forma a su propio cuerpo por considerarlo humilde, paciente y dócil ante el sufrimiento.

Pasado un tiempo decidió comenzar el camino de formación para ser sacerdote. Le costaban mucho sus estudios teológicos, pero siempre recibía la asistencia de lo alto. Durante los exámenes del seminario, el examinador le pidió que explicara lo único que sabía bien. Providencialmente, salió el único pasaje bíblico que José realmente dominaba y sabía explicar a la perfección: “Bendito el fruto de tu vientre Jesús” (Lc 1, 42). Lo comentó con tanta gracia que fue aprobado de inmediato recibiendo el diaconado, un favor que él siempre le atribuyó a la Virgen.

Llegó el examen definitivo en el cual se decidía quiénes serían ordenados sacerdotes. Los primeros diez que examinó el obispo respondieron tan maravillosamente bien todas las preguntas, que el obispo suspendió el examen diciendo: “¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?”. José, que era el próximo en turno y estaba atemorizado, se libró de tener que pasar el examen.

Es por este motivo que nuestro santo es el patrono de los estudiantes, especialmente de los que, como él, tienen dificultades en sus estudios. El santo los ayuda y acompaña muy cercanamente intercediendo por ellos ante Dios obteniendo innumerables milagros.

Cuando Dios quiere algo, no hay quien ni que pueda interponerse. No es por mérito humano que las cosas santas llegan a buen término en la tierra, sino justamente sin mérito humano alguno que salen adelante. Ese es el mensaje que Dios nos da por medio de Giuseppe.

El santo volador

Ya siendo sacerdote, ocurrió algo extraordinario ante los ojos de todos. Cada vez que José se ponía a rezar con mucha devoción, celebraba la misa o miraba una imagen de la Virgen María, su corazón se llenaba de tanto gozo que su cuerpo se comenzaba a elevar. Sin darse cuenta, ¡sus pies se despegaban del suelo y empezaba a flotar por el aire!

El pueblo entero y los demás frailes se quedaban maravillados al verlo volar sobre el altar o hasta las ramas más altas de los árboles del convento. No volaba por presumir, sino porque su alma estaba tan unida al cielo que la tierra ya no podía sostenerlo.

Así, quedaba en éxtasis con mucha frecuencia durante la Santa Misa o al rezar los Salmos; de hecho, durante los diecisiete años que estuvo en el convento de Grotella, sus compañeros de comunidad lo observaron elevarse más de setenta veces. Un domingo de la fiesta del Buen Pastor, al encontrarse con un corderito, se lo echó al hombro y, de solo pensar en Jesús como Buen Pastor, comenzó a subir flotando por los aires con el animalito.

También los animales sentían por él un especial cariño. Pasando por un campo, se ponía a rezar y las ovejas se iban reuniendo a su alrededor y escuchaban muy atentamente sus oraciones. Las golondrinas en grandes bandadas volaban alrededor de su cabeza y lo acompañaban mientras caminaba. Uno de sus milagros más famosos sucedió cuando diez obreros intentaban, sin éxito, llevar una pesada cruz hasta lo alto de una montaña; al verlos, José se elevó por los cielos con la enorme cruz entre sus manos y la colocó con total suavidad en la cima del monte.

Sin embargo, detrás de tanta belleza, este hombre tan humilde tuvo que soportar pruebas muy severas y profundas tentaciones. Como aquellos vuelos extraordinarios causaban un revuelo gigante y despertaban un fervor inmenso entre el pueblo, las autoridades decidieron protegerlo aislándolo del mundo. Le prohibieron celebrar la Santa Misa en público, ir a rezar en comunidad con los otros religiosos, asistir al comedor con sus compañeros e incluso participar de las procesiones. A pesar de verse privado de todo en una pequeña celda, José nunca perdió la sonrisa; estaba inmensamente feliz de tener todo el tiempo dedicado para conversar a solas con su amado Señor, manteniendo siempre su corazón lleno de santa alegría.

Fue elegido por sus Superiores para exorcizar y expulsar demonios, lo cual él se consideraba indigno de hacer, y utilizaba esta frase: – “Sal de esta persona si lo deseas, pero no lo hagas por mí, sino por la obediencia que le debo a mis superiores” –. Y los demonios salían.

Giuseppe volaba, y lo hacía ante muchos testigos, en distintas ciudades y por muchos años de su vida. Hoy el mundo tiene serias dificultades para aceptar que Dios puede hacer todo lo que Él quiera, y sin embargo tenemos los testimonios de santos como Giuseppe que contradicen a esta generación sin fe. Claro que Giuseppe volaba, y así todas sus imágenes lo muestran, volando.

Sus dones

Además de los vuelos, José había recibido por gracia de Dios innumerables dones para la gloria de su Reino. Tenía el hermoso regalo de leer los corazones y era un confesor tan bueno que, cuando un alma se acercaba a él, se daba cuenta enseguida de lo que la atormentaba para poder consolarla. Dios también le concedió el asombroso don de la bilocación, que es estar en dos lugares al mismo tiempo. Se cuenta que cuando su mamá estaba muriendo en el pequeño pueblo de Cupertino, José se encontraba muy lejos, en Asís, pero percibió la necesidad de su madre. En ese instante, una gran luz entró en el cuarto de la anciana señora y apareció su amado hijo; ella, al verlo, exclamó con emoción: – “¡Oh, Padre José, oh, mi hijo!”-, y partió al cielo en paz. Al mismo tiempo, en Asís, José lloraba amargamente porque sabía que su mamá acababa de morir, y muchos dieron testimonio de que él la había asistido.

Por si fuera poco, José multiplicaba los panes, la miel y el vino para los más necesitados, y tenía un don de sanación maravilloso: le devolvió la vista a un ciego con solo ponerle su capa en la cabeza, sanaba a los enfermos y bajaba las fiebres más altas con la señal de la Cruz, ¡e incluso resucitaba a los muertos!

Camino al cielo

En Osimo, un pueblo cercano a Loreto donde el santo pasó sus últimos seis años de vida, el día de la Asunción de la Virgen en el año 1663 y un mes antes de su muerte, celebró su última misa. Estando celebrando quedó suspendido por los aires como si estuviera con el mismo Dios en el Cielo. Muchos testigos presenciaron este suceso.

Él siempre decía: ”Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el Cielo es de bronce. Todo el que le pide recibe”.

José de Cupertino murió el 18 de septiembre de 1663 a la edad de 60 años y su alma voló más alto que nunca, esta vez para quedarse para siempre en los brazos de Dios. El nene distraído que miraba las nubes con la boca abierta y el humilde fraile que cuidaba con tanto amor los establos, se convirtió en un gran santo y modelo para toda la Iglesia.

Fue beatificado en 1753 por Benedicto XIV, y canonizado en 1767 por Clemente XIII.

Su cuerpo está expuesto para la veneración en su Santuario en Osimo.

Es patrono de los estudiantes, viajeros aéreos, astronautas, pilotos.

San José de Cupertino nos acompaña desde el cielo con una sonrisa gigante, recordándonos que para volar muy alto y alcanzar lo alto, solo hace falta tener un corazón lleno de fe y de sencillez.